
Pastoral de Padres
La Pastoral de Padres quiere entregar tiempos y espacios para vincularnos con el prójimo y a través de él, con Dios. Deseamos compartir la vida, confrontar criterios, apoyarnos en nuestras decisiones, pues es indispensable, que los padres participemos de la responsabilidad de ser educadores no sólo de nuestros hijos, sino de la generación a la que ellos pertenecen.
Para esto durante el año se ofrecen diversas jornadas o encuentros y el apoyo en forma constante a pequeñas Comunidades o Grupos de Reflexión o Formación.
Los grupos de Reflexión, son el corazón de esta Pastoral: más de cien grupos que se reúnen periódicamente para compartir la vida y captar el paso del Señor en medio de ella. Éstos son animados por matrimonios comprometidos a hacer realidad la invitación de Jesús: “Donde dos o tres se reúnen en Mi nombre, ahí estoy Yo, en medio de ellos”.
Los matrimonios Coordinadores de la Pastoral de Padres durante el 2010 son:
- 1º y 2º Básico: Iván Godoy y M. Luisa Aguirre.
- 3º, 4º y 5º Básico: Alfredo Correa y Macarena Valencia
- 6º, 7º y 8º Básico: Cristán Saitúa y Paula Alemán
- Educación Media: Carlos Silva y M. Luisa Medina.
Equipo Pastoral de Padres:
- Coordinadora Pastoral: Irene Zegers D.
- Sacerdote: P. Percival Cowley ss.cc.
- Profesores: María de la Luz Larrondo S., Miguel Ramírez L., Patricia Frías B.
HOMILIA DE PASCUA DE RESURRECCION Abril 2011
Percival Cowley V. ss.cc.
Hemos avanzado por los cuarenta días de la Cuaresma y por estos de la Semana Santa, para llegar hasta esta noche gozosa.
Durante todo este tiempo, hemos escuchado la Palabra del Señor, le hemos seguido y hemos celebrado el regalo de la fe.
Hemos caminado con la mujer del pozo, con el ciego de nacimiento, con Lázaro, el amigo de Jesús. Nos hemos sentado con El a la mesa; le hemos acompañado en el camino de la Cruz.
Esta noche y en esta celebración, llena de simbolismos, hemos acudido al fuego, a la luz, al agua, al pan y al vino para decir lo que nuestras palabras humanas no alcanzan a expresar. Todos estos signos, quieren hablarnos de la vida, comunicarnos vida nueva.
No podemos vivir en el frío, necesitamos calor. No podríamos subsistir en una oscuridad mantenida. Sin agua, moriríamos. También sin pan y sin alguna bebida.
El frío, la oscuridad, la hambruna son enemigos de la vida. El fuego, la luz, el agua, el pan y el vino alegran el corazón del hombre: son amigos de la vida.
Quizá, -y como Iglesia, y cada uno por su parte, y a la vez, como Pueblo peregrino de Dios-, no habíamos conocido una Cuaresma como la que recién estamos dejando atrás y que sigue, sin embargo, haciéndose presente en nuestros sentimientos y emociones. Seguimos pasando por situaciones de purificación porque no podemos pasar por el lado de quienes han sufrido y siguen sufriendo, clavados en una cruz cuya experiencia directa no conocemos, sencillamente porque no la hemos experimentado. También, porque advertimos, desde lo hondo de nuestro ser, que no podemos construir nuestras vidas sobre arenas movedizas, sean ellas personas o instituciones; grupos mayores o menores; éxitos deslumbrantes o parafernalias religiosas. Resulta purificador que tengamos que buscar incansablemente el rostro del Señor y que así volvamos a construir nuestra casa, todos juntos, a partir de cimientos sólidos, a partir de la única Roca que asegura nuestra construcción, que nos da seguridad en medio de las tempestades. También resulta purificador que, en la misma Iglesia y con ella, abramos el corazón para dejar que actúe el Espíritu del Resucitado. Que El pueda atravesar todos los muros, los muros de nuestras frivolidades superfluas, de nuestras superficialidades deshumanizantes.
Hoy escuchamos la palabra gozosa: “No está aquí”. El sepulcro quedó vacío para siempre. No busquemos más entre los muertos al que está vivo.
Toda la larga historia del amor de Dios por su Pueblo, toda la historia de su elección sin arrepentimiento, todo el compromiso sin límites de Dios en su Alianza, todo eso irrumpe esta noche, aquí, entre nosotros. En Jesús, muerto y resucitado. En Jesús, vencedor de la muerte y del pecado. En El, porque entregó generosamente su corazón traspasado. En El, porque fue fiel a la misión de su vida, que consistió en regalarla a los demás, a todos los que quisieran recibirla. En El, que vino a vivir entre nosotros, para llegar a morir por nosotros. En El, que nos muestra el camino, su camino, para que llegue a ser el nuestro.
Allí, en el horizonte de la vida de cada uno de nosotros, está la Pascua: Roca firme, certeza de amor sin medida, esperanza probada, fortaleza inextinguible.
Los ángeles retiraron la piedra del sepulcro y así abrieron el paso al resucitado. Nosotros necesitamos, cada día, como personas, como familias, como sociedad, como Iglesia, retirar la piedra, todas las piedras que nos mantienen aprisionados en nuestros sepulcros. Esos sepulcros que impiden la manifestación de la plenitud de la vida desde esa nuestra muerte cotidiana que nos permite vivir de verdad en la alegría del don, en la esperanza que se va haciendo realidad, que va tomando carne, en el servicio generoso y feliz del amor primero de Dios que se va transformando también en el amor primero y gratuito de cada uno de nosotros. Desde nuestras pequeñas pascuas de cada día podemos construir nuestras vidas en la gratitud porque Dios ama al que da con alegría.
Por eso, la muerte de todos los días que nos abre el camino hacia la vida, no es una fuga de nuestra realidad, de aquella que nos rodea, sino exactamente lo contrario: es el compromiso cotidiano con las piedras que hay que correr, con los sepulcros que hay que abrir, con la esperanza que hay que sembrar, con nuestro corazón que hay que convertir; con nuestra sociedad donde hay que construir relaciones nuevas de justicia y solidaridad.
Es la Pascua de Jesús, es nuestra pascua, es la pascua de la Iglesia: es la que celebramos en cada Eucaristía, es la que celebramos hoy. Por eso, aquí hemos llegado con nuestra ofrenda, con lo que somos, con nuestros sepulcros. Ahora es el Señor quien corre la piedra, todas las piedras. Es la fe que nos reúne, la esperanza que abre las puertas de todo futuro. El amor que nos alegra y nos anima: el que da sentido a nuestras vidas, porque hoy, en esta noche, el Señor derrama generosamente toda su misericordia y así nos arranca de nuestras miserias y egoísmos, de nosotros mismos, para endilgarnos hacia el Reino, hacia el Padre, que es su Padre, que es nuestro Padre.
Por eso, con el poeta, podemos decir que “en la mitad del invierno, descubrí que había dentro de mí un verano invencible”, el verano, la luz, el amor del Señor que nos da la Vida porque antes nos entregó su muerte. Amén.












